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Ante la inseguridad manifiesta por los medios masivos de comunicación, la sociedad responde aislando y encerrando lo “amenazante” en cárceles y manicomios, al tiempo que se distancia construyendo espacios cerrados y exclusivos donde solo unos pocos pueden entrar. La jaula de cemento y la jaula de oro. Dos variantes del encierro, dos caras de una misma moneda.
Cada vez más, las personas estamos perdiendo las relaciones inter-personales. La situación es preocupante. Nos estamos distanciando y el “Otro” es un desconocido con quien mejor no entrar en “contacto”.
De igual manera las tele-comunicaciones han desplazado la comunicación personal. Teléfono, mensajes de texto, correos electrónicos. Cada vez menos personas hablan “cara a cara”. Lo corporal es desplazado por lo virtual. Un muro invisible nos separa.
En “Espacios [in] Seguros” ese muro se torna visible y la metáfora resulta un encierro.
Dentro de la “Casa de la Cultura” de Recife, antigua cárcel hoy convertida en centro comercial para turistas, un albañil construyó con ladrillos y cemento cuatro paredes encerrándome en un espacio de 1,30 x 1,80 mts. Permanecí dentro de ese espacio reducido por el lapso de 3 días, comunicado con el exterior únicamente vía internet.
Sin ventanas ni puertas, la única comunicación posible fue a través de una computadora conectada las 24 horas. Tres días transmitiendo en directo vía Internet por medio de un Stream, utilizando una cámara web y relacionándome con las personas por medio de un chat. 3 días esperando. Solo esperando. Dejando pasar el tiempo hasta ser liberado, paradójicamente, por la misma persona que me encerró; por ese “Otro” del cual me escondía”.
Por fuera, en uno de los lados de la construcción, estaba instalada una segunda computadora configurada para conectarse únicamente al Stream. De esta manera las personas que por allí pasaban podían elegir ver el “Espacio [in] Seguro” desde fuera o sentarse frente a la computadora y, por medio de la transmisión, ver el interior e interactuar conmigo a través de un chat.
Durante el encierro opté por no ingerir ningún alimento sólido, bebiendo únicamente agua de coco y agua mineral pudiendo así, desde el ayuno, desintoxicar mi cuerpo y vivenciar, en tanto obra procesual, una transformación física.
Momentos previos a la liberación, cambié la cámara que estaba en el ángulo de la construcción por la que está en mi computadora. Aquella tenía un campo de visión mejor… permitía captar el espacio desde un ángulo más amplio y mostraba una vista superior de mi persona, en “picado”, que daba la sensación de ser una persona vigilada, de la cual solo se veía su cabeza. Una imagen cuasi anónima… un rostro casi borroso.
Pero para la liberación la cámara de la computadora, que captaba un plano frontal de la pared, permitía no solo ver “de cerca” el instante en que el albañil rompiera con cincel y martillo los ladrillos abriendo un boquete por donde liberarme, sino que luego, por ese mismo boquete, transmitiría en directo el afuera… para los que desde fuera vieran por medio de su monitor ese “adentro”.
Ya liberado, la cámara siguió transmitiendo durante un día más, de manera tal que cuando algún curioso o curiosa se asomaba por el boquete, era a su vez retransmitido por la cámara web y visto, entre otros monitores, por el que estaba conectado a la segunda computadora, a tan solo un metro de distancia de la construcción. De esta manera mientras las personas asomaban la cabeza e ingresaban parcialmente al “Espacio [in] Seguro”, se iban “virtualizando”, creándose la paradoja de un tercer lugar o espacio. El Real (la persona y la construcción de ladrillos y cemento), el Virtual (la transmisión vía cámara web) y el cruce de ambas, donde simultáneamente el espectador o espectadora presente en el lugar podía ver “un cuerpo sin cabeza” y “una cabeza sin cuerpo” según se la observara de cuerpo presente o a través del monitor.
Al día siguiente de haber sido liberado, cuando fui a iniciar el desmontaje me encontré con dos niñas pequeñas que, jugando con la instalación, me permitieron entender una cuestión que no había siquiera imaginado. La temporalidad y sus posibles desdoblamientos. Su juego consistía en asomarse por el hueco en la pared y bailar frente a la cámara para luego correr hacia la segunda computadora distante 2 metros de ellas y, producto del “delay”, verse a sí mismas, en tanto otras, asomar la cabeza dentro del hueco, bailar y luego desparecer de la pantalla. En un solo acto, eran motores de acción y espectadoras de sí mismas. “Ellas” y “Otras” al mismo tiempo. El retardo de la transmisión creaba así una paradoja temporoespacial. Ellas, que 5 segundos antes estaban saltando frente a la cámara en un tiempo y espacio real, ahora se encontraban duplicadas en un tiempo y espacio virtual. Y prefiero designar con el nombre de “virtual” y no de “representado”, ya que en el caso de la imagen transmitida -en tanto no era una reproducción grabada, re-presentada, sino una transmisión “en vivo y en directo”- era el retardo el que permitía la coexistencia en tiempo real de esos dos tiempos y espacios. Coexistencia que creaba, fruto del cruce de ambas, un tercer tiempo y lugar.
Hasta ese momento yo podía diferenciar, a grandes rasgos, dos tipos de temporalidades… una real, presente, y una representada, mediada, vuelta a presentar. Pero en el caso de las niñas, no puedo utilizar la noción de representación en tanto que aquello teletransmitido, sin ser previamente imprimido, grabado, carecía de posibilidad de ser nuevamente reproducido. Y si lo que caracteriza y diferencia a lo real-presente, de lo representado-actualizado es justamente su carácter de transitoriedad, de efímero, entonces estaba frente a un nuevo tipo de presente, o al menos de temporalidad. Un tiempo efímero, pero desfasado temporalmente 5 segundos del tiempo real. Un tiempo Virtual.
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